Las elecciones en Cataluña: ¡es la economía, estúpido!

En Cataluña hay 840 mil 400 desempleados, una tasa de paro del 22.56 por ciento de la población en el tercer trimestre de 2012. Son 98 mil 400 parados más que en el mismo trimestre de 2011.

Caminando por las calles y estaciones de metro de Barcelona, cada tantos metros es posible toparse con el rostro sonriente de Artur Mas bajo la leyenda “La voluntat dun poble”.

Desde 2007, el número de suicidios en Cataluña ha aumentado año con año y es ya la primera causa de muerte entre los hombres de 30 a 44 años. En 2011 la cifra creció un 10 por ciento respecto al año anterior. Las tentativas aumentaron un 20 por ciento. Ante las pocas perspectivas de salir de la crisis económica en el corto plazo, esos números probablemente seguirán en ascenso.

Mientras tanto, Alicia Sánchez Camacho se presenta a las elecciones con el lema “Catalunya sí, España también”. El rostro de Pere Navarro ocupa enormes anuncios bajo un eslogan tan tibio como poco claro: “Federalisme. L’alternativa sensata”.

La independencia es el tema dominante en las elecciones adelantadas del próximo domingo 25 de noviembre. Mientras miles de personas no saben cómo harán para llegar a fin de mes o si podrán salvar su casa de un desahucio, la prioridad de la clase política catalana es definir si habrá o no una consulta en los próximos tres años respecto a separarse de España.

Poco importa que esa consulta tenga muy pocas posibilidades de llevarse –legalmente– a cabo, mucho menos de tener un resultado vinculante que conduzca a la independencia de Cataluña. Soberanistas y españolistas saben que mientras el PP esté en el gobierno –y aún quedan tres largos años de legislatura– la posibilidad de una secesión negociada es nula.

¿Independencia unilateral entonces? Para qué engañarnos. Sólo los nacionalistas más radicales estarían dispuestos a asumir los costos.

Entonces, ¿por qué empeñarse en tener esta discusión ahora? En el caso de CiU no hay que ir muy lejos para encontrar la respuesta. Con su gestión bajo críticas tras los duros recortes que emprendió y su popularidad a la baja, la reaparición de la independencia como tema principal en la agenda política fue un enorme tanque de oxígeno para Artur Mas, quien bien podría pasar los tres años como líder de una causa que ni siquiera era suya en lugar de asumir su propia responsabilidad en la crisis que azota a la comunidad autónoma que gobierna.

Cuesta más trabajo entender que la oposición haya caído en la trampa de Mas. Tanto el PP como el PSC saben que la posibilidad de independencia es remota en el corto y mediano plazo, pero eso no ha evitado que dirijan casi todos sus esfuerzos a este tema. De los recortes en sanidad, educación y servicios sociales, el creciente paro y el copago del euro por receta sólo ICV se acuerda en sus carteles… el problema es que pocos recuerdan que existe ICV.

Hace 20 años, George Bush parecía encaminarse a una fácil reelección en Estados Unidos. Su popularidad estaba por las nubes tras el fin de la Guerra Fría y la del Golfo Pérsico, pero al mismo tiempo la economía empezaba a mostrar signos de retroceso. El equipo del candidato opositor identificó este tema como principal preocupación del estadounidense promedio y a nivel interno se popularizó una estrategia: “la economía, estúpido”.

Lo mismo valdría recordarle a los políticos catalanes. La independencia es sin duda un tema importante para la población, pero nunca más que tener algo qué comer, una vivienda digna y la perspectiva de un futuro mejor.

¿Podría la independencia ser el primer paso para una mejor situación económica? Quizá, pero nadie se ha molestado en analizarlo realmente. Más allá de razonamientos simples como “Cataluña paga más a España de lo que recibe” o “quedaríamos fuera de la Unión Europea”, ni un bando ni el otro se atreve a debatir con argumentos sólidos en el terreno económico.

Y por ello poco importa el resultado de este domingo. Soberanistas y españolistas seguirán perdiendo el tiempo en discursos y consignas mientras a un creciente sector de la población se la lleva el diablo.

¡Es la economía, estúpidos!

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