2011: Mi año de transición

Desde hace algunos años, aprovecho los días finales de diciembre para recordar lo mejor y lo peor que he vivido en los últimos 12 meses. Por lo general esa recapitulación toma formato de lista, pero no será así esta vez.

Claro, hubo momentos que recordaré con mucho gusto –el concierto de U2, el título de Pumas, el día que México ganó el Mundial Sub-17– y otras no tanto –romperme un brazo, por supuesto–, pero 2011 ha sido un año muy diferente a los anteriores.

Transición. Esa es la palabra clave para lo que he vivido en los últimos 365 días.

Recibí el 1 de enero en Veracruz, deseando que mi vuelo al DF de unos días más tarde fuera uno de los últimos, y ahora despido el 31 de diciembre en Barcelona, con la sensación de que es apenas la primera de varias nocheviejas de este lado del charco.

No es mi primer cambio drástico de vida. En 1999 dejé Coatzacoalcos para comenzar la aventura llamada Universidad de las Américas; cinco años después me despedí para un nuevo arranque de cero en la ciudad de México.

En cierto modo, el ajuste no ha sido tan traumático esta vez. A Cholula llegué siendo un niño de 17 años que no conocía a nadie; en el DF experimenté por primera vez el tener que valerme por mí mismo mientras vivía de arrimado con una tía a la que mucho debo agradecer el tiempo que me dio un techo y una cama; en ambos casos me enfrentaba a una ciudad desconocida para mí, dejando atrás familia y amigos.

Sin embargo, aquellos fueron pasos lógicos en la vida de cualquier muchacho. De la prepa a la uni y de la uni a la vida profesional. El de 2011, más que un paso, ha sido un salto al vacío. De la comodidad de México al desafío de ser extranjero en un país (y continente) en crisis. Mi timing probablemente no fue el mejor.

Pero hacía varios años que quería dar ese brinco y finalmente lo logré. Terminó ese stand-by en el que había puesto mi vida, mis relaciones y mi carrera; fue una transición larga, con muchos momentos de duda y la tentación de botar todo para tomar el camino fácil, pero pudo más el deseo de vivir algo nuevo.

Algún día le contaré a mis hijos –o si mi hígado lo permite, a mis nietos– mis patoaventuras y seguramente le daré más peso a otros años: ese 1998 de futbol, fiesta y amigos en la prepa; ese 2006 en que me quité la venda y entendí por fin el mundo laboral; ese 2010 de mi primer Copa del Mundo y mis peripecias por Ciudad del Cabo, Londres o Madrid; el año en que conocí a su madre o en el que publiqué mi primer libro.

De 2011 quizá no encuentre mucho qué contarles, pero eso no lo hace menos importante. Han sido 12 meses de pasar página y comenzar un nuevo capítulo en mi vida. Mi año de transición.

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