La triste (pero justa) despedida de Joe Paterno

Joe Paterno y Mike McQueary

En un par de horas, 106 mil aficionados atestiguarán una escena no vista en el Beaver Stadium desde hace 46 años: un partido de Penn State sin Joe Paterno al mando del equipo. El legendario entrenador fue despedido el miércoles por su rol un escándalo de abuso sexual infantil que ha conmocionado al deporte estadounidense.

En síntesis: en 2002, Mike McQueary, entrenador asistente de 28 años, fue testigo de cómo Jerry Sandusky, antiguo coordinador defensivo de Penn State, abusaba sexualmente de un niño de aproximadamente 10 años en los vestidores del equipo. Dicho asistente reportó esto a Paterno, quien a su vez pasó el reporte a las autoridades de la universidad… que no hicieron nada salvo prohibirle a Sandusky (ya retirado) que llevara niños a sus instalaciones.

Ni el asistente, ni Paterno ni el rector de la universidad hicieron más en este caso. Sandusky conservó su estatus, oficina y acceso a las instalaciones de la universidad hasta el sábado de la semana pasada, cuando se le levantaron cargos por abusar sexualmente de ocho niños en un lapso de 15 años, algunos en el periodo posterior al incidente reportado a Paterno. El reporte de la acusación del Gran Jurado puede ser consultado en este enlace: http://assets.espn.go.com/photo/2011/1107/espn_e_Sandusky-Grand-Jury-Presentment.pdf (advertencia: los abusos que se imputan a Sandusky se detallan explícitamente).

Tras hacerse públicos los cargos contra Sandusky y el involucramiento de Paterno en este lamentable caso, las reacciones de repudio no se hicieron esperar. La pregunta que todo mundo se hacía era muy simple: ¿por qué Paterno no hizo nada tras reportar el incidente y ver que no se tomaban acciones contra su ex asistente?

Tim Curley, director deportivo de la universidad, y Gary Shultz, vicepresidente de la institución, están acusados penalmente por no haber contactado a la policía tras el reporte original de McQueary, quien aún forma parte del staff de entrenadores y reclutamiento de Penn State.

Ante las numerosas voces que pedían su despido inmediato, Paterno trató de forzar su salida “en sus términos” el miércoles, anunciando su retiro efectivo al final de esta temporada. Sin embargo, ese mismo día la Junta Directiva de la universidad decidió despedir al entrenador y al rector de la universidad, Graham Spanier.

Si bien las autoridades señalaron que Paterno cumplió con su obligación legal al transmitir el reporte de McQueary a sus superiores, moralmente es injustificable el que no haya hecho nada más al respecto. El abuso sexual contra menores es uno de los peores crímenes que uno podría imaginar; el veterano entrenador decidió mirar hacia otro lado. Su inacción y la de las autoridades universitarias permitieron a Sandusky seguir atacando niños por casi una década más.

El propio Paterno admitió esta semana en un comunicado que lo ocurrido a las ocho víctimas mencionadas en la acusación (y otras que han empezado a salir a la luz) “es una tragedia”. “Debí haber hecho más”, reconoció en un comunicado.

Lamentablemente no lo hizo, y esto le ha costado un final deshonroso para su legendaria carrera y una marca para el resto de su vida. El escándalo no borra todo el bien que ha hecho ni sus éxitos como entrenador (apenas hace dos semanas llegó a las 409 victorias, marca absoluta para un head coach de División I en la NCAA), pero sí ensombrece su trayectoria.

No nos engañemos con el hecho de que Paterno haya cumplido su obligación legal al contactar a sus superiores. Joe Pa no era un simple empleado más en Penn State. En la cultura del futbol americano colegial estadounidense, algunos entrenadores llegan a ser más poderosos que las propias autoridades universitarias, y pocos casos son tan claros como el de un head coach con 46 años al frente del equipo. Si Paterno hubiera querido que se diera seguimiento a la denuncia de McQueary, se habría hecho.

Hoy seguramente sus jugadores le dedicarán el partido y miles de fans de Penn State le mostrarán su apoyo en el Beaver Stadium, como hicieron el miércoles en la noche al enterarse de su despido. “Es un chivo expiatorio”, dijo un estudiante a los medios esa noche.

En cierto modo, la reacción de la comunidad de Penn State es entendible. Su conexión emocional con Joe Pa es tal que el golpe de verlo caer así es simplemente demasiado. Lo que ellos no entienden hoy es que Paterno no es la víctima en este caso. Ocho niños –seguramente más– fueron las víctimas, y él pudo haberle evitado ese sufrimiento a varios de ellos.

Con el tiempo, quienes hoy apoyan a Paterno empezarán a ver este caso como el resto del mundo. Los jóvenes que el miércoles volcaron una camioneta de televisión algún día tendrán hijos y comprenderán la indignación al saber que un personaje tan poderoso no hizo nada para proteger a niños inocentes de un criminal como Jerry Sandusky.

Aunque triste, la despedida de Paterno fue justa.

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